El hombre araña

Por Ángel Daniel Ramos (“Sub Comandante Bichirichi”)

∗ San Juan - Escritor y luthier |

Primero hay que abandonar todo lo conocido para poder disfrutar de este sucedido que voy a contarles. Entrar en la dimensión de lo imposible, como si viéramos a una vaca volar, y las alas sean azules, o cómo de chico, yo le decía a mi abuela sobre dos gatos que saltaban al unísono y pegados uno al lado del otro, bajaban del tejadito cómo caballos de un carruaje imaginario a escala. Un potro-gato amarillo y otro pinto.

El cine de mi pueblo, San Miguel, era al aire libre. Se llamaba Cine Jardín. Una vez fuimos con mi hermano a ver “El Hombre Araña” y con la entrada te daban un paquete de galletas y lo almohadones de rigor, ya que el público se sentaba en pequeñas sillas de hierro, esas de patio, y antes de comenzar hacíamos guerra de almohadones entre los que estábamos cerca. Esa vez se levantó un viento húmedo y después lluvia que obligó a todo el mundo a irse con previa devolución de entrada; cómo mi padre iba a pasar a buscarnos yo me quedé de la mano de mi hermanito Gustavo mirando la tela gigante blanca infinita y vacía... hasta que apareció El Hombre Araña, me miró y sin más preámbulos, me dio estos poderes. Podía convertirme en el objeto que quisiera, siempre y cuando esté en este cine, este terreno al aire libre. Me dijo que debía ser precavido para usarlos. Saltó de la pantalla y me dijo: “Ya sé que no van a creerte, pero por nada del mundo debes revelar nuestro secreto”. Ahora lo estoy haciendo, pero por razones de fuerza mayor. Ah, casi se me olvidaba algo; el efecto de estas virtudes y facultades que me había otorgado Spiderman, necesitaban de mi máxima concentración, que se rompía mágicamente cuando alguien sacaba una galletita de su paquete o hacía chirriar el celofán o el papel metalizado, o tipo fresh-pack, de cualquiera de las marcas conocidas de galletas, bizcochos, obleas, golosinas varias, hasta el envoltorio de un simple masticable Sugus. ¡Pumba! ¡Desaparecían!

Así comencé a ir seguido al Cine Jardín, que antes se llamaba Edén, y antes Paraíso, y antes –según me dijo mi abuelo-  Olimpo y antes Ópera, como las galletitas, pero que ahí fue teatro al aire libre, en el siglo pasado. Vi excepcionales producciones desde distintas formas, como distintos sujetos. Un día viendo a Lasie, fui perro y ahí supe que los seres humanos no sabemos nada, por ejemplo cuando a los bichos les duelen las muelas. El acomodador me pegó un patadón, y aunque fuera al aire libre, discriminaba a los perros; pero lo que realmente me sacó de ése estado fue una nena que estrujó un paquete de galletas vacío y aparecí de nuevo sentado en la butaca. Pero sé que lo que les cuento es real, ya que los cojines donde estaba yo, estaban llenos de pelo, o sea, míos!! Después no volví a concentrarme. Me fui a casa, pero no podía contar lo que me pasaba a mi hermanito, ni a nadie. Se lo había prometido al enmascarado.

Fuera del cine intenté desarrollar mis poderes, incluso en situaciones extremas, en el colegio, cómo cuando el Leo le quiso pegar a Mariela, quien gustaba de mí, yo me interpuse creyendo que tenía los poderes... pero no funcionó, hasta la Mariela se rió de mí. Un completo fracaso y el manotón del Leo que me hizo saltar los chocolates.

Las sillas de hierro y los almohadones eran mi trono, ahí sí me venía lo de la magia: era pirata, detective, aviador japonés, incluso probé convertirme en objetos y mujeres. Pero no quiero entrar en terreno delicado ya que una vez escuché a mi mamá decirle indignada a mi padre “que ella no era un objeto”. Con lo de los objetos la pasé bien. Nadie en el cine me daba bola y podía ser bicicleta, tren, espada, siempre y cuando nadie rompiera el hechizo con una bolsa de galletas saladitas. Don Carlos el boletero, cansado de mí, me tiró las orejas porque estaban todas las almohadillas hendidas y rajadas cuando pasaron El Zorro o D’artagnan, no me acuerdo. Si me acuerdo que por tres meses mi padre me privó de ir al cine y yo pensé que se me iban a ir los poderes. Pero no. Volví a mi querido cine un día de semana en el que iríamos muchos niños de mi escuela acompañados por nuestros maestros y algunos padres. Yo jugaba al extremo. Me había convertido en galletita y saltaba de la boca de la maestra de segundo, a la señorita Filipina de cuarto, o me convertía en tapita de gaseosa, hasta que empezó “Marcelino Pan y Vino”, en technicolor, con lugares sepia, como cortijos de alguna provincia de España, o México, o Italia; ya las luces estaban completamente apagadas pero ocurrió la tragedia: los chicos de séptimo y su maestro de música arrugaron a la vez, por no sé que idea rítmica, el paquete vacío de galletitas que Don Carlos les entregaba y yo que andaba representado en proyector, no quería embarullarme, perderme y fui luz color tierra, fui pantalla y fui un escorpión, y estaba adentro de la película. Pedí por favor volver, llamé mentalmente al Hombre Araña; no tenía nada que ver. Pedí a los cristos crucificados a lo largo de toda la película, hasta me acerqué a la mano de Marcelino y para llamarle la atención lo piqué. El niño, como todos sabemos murió por el veneno. Pero era ¡ficción! No podía en la historia volver a convertirme en nada; nuevamente pensé que había perdido mis omnipotencias. Cuando Don Carlos apagó el proyector y el bullicio de mis compañeros se había extinguido, aparecí tirado en la cazuela del cine al aire libre. Había hecho algo muy grande, había atravesado los mundos, del real al irreal, y de esa ficción de vuelta al real.

Me iba a casa preguntándome si era yo quién tenía esa facultad, o tal vez era alguien normal y los demás tenían ese poder y yo era el esclavo de turno, para divertirse. Ese día fue la última función del Cine Jardín de San Miguel, y cuando Don Carlos me lo contó, yo pensé que en el callejón antes de llegar a mi casa me iba a encontrar con El Hombre Araña, y me iba a despojar desde un techo, tamaña responsabilidad para un niño de once años. Pero no ocurrió. Los poderes continuaron y mi práctica en aumento se desarrollaba mientras los albañiles de la municipalidad desmantelaban el cine. Los asusté convirtiéndome en capataz, arquitecto, intendente, pero sólo conseguí que trabajaran más a prisa. Demolieron el hall de ingreso, arrancaron las butacas, la pantalla, hasta las madreselvas y las luces de las medianeras con los vecinos. Yo convertido en lágrima y rocío lloré hasta el último ladrillo y estimé que con el último carretel de cinta que se llevaba un camión, se irían mis aptitudes asombrosas. Pero no.

A quién sí se le marcharon las facultades al carajo, fueron a las autoridades municipales quienes habían embargado el cine a patio abierto, por diversas deudas y le vendieron el terreno a unos cinematógrafos evangelistas que convirtieron el cielo estrellado en un templo cerrado. Esos también hacían transformaciones rápidas. Yo ya vivía ahí, pasando el tiempo mimetizado en cualquier cosa, así que no me costó nada entrar a un módulo de tinglado de lujo prefabricado aunque de frente jerarquizado con columnas antiguas y estaban todos parados en trance, entonces comencé a usar mis poderes con ardides que iban desde convertirme en tierra negra de Israel, en higo consagrado a hacer pequeños milagros, como transformarme en muleta sorprendiendo a lisiados, o volar de la mano del pastor en forma de billete y asentarme en un cirio y luego encenderme en llama, pasar a humo sagrado, luego en guitarra eléctrica, en micrófono, en atril, en Jehová abriendo los ojos... y allí comenzó a venir mucha gente de fe. Pero yo haría cualquier cosa antes de revelar el secreto del Hombre Araña. Y quise ser Jehová por un tiempo, total en casa me tenían por loco y con lo de la separación de mis padres no me extrañaban para nada. Comencé siendo el Hacedor, luego fui Cristo, el hijo, y después el Pastor.

Allí hice dinero, sin embargo me aburría, por esa causa vendí el templo a una consultora privada quien quería el terreno para una playa de estacionamiento. Hacía falta en San Miguel ya que con esto de que Jehová abría los ojos, la población que llegó desde muy lejos, era de novecientos mil y pico. Ya casi no me desconcentraba con lo de los celofanes de las galletitas. A veces me ocurría con el sonido del dinero, pero me estaba acostumbrando y empleaba nuevos métodos de atención, para no dispersarme.

Por ahí extrañaba ser niño, entonces me convertía en trompo, bolita, autito con masilla y eso me ayudó a manejar el tema de los dos, tres, o cuatro mundos paralelos. Esto dice que empecé a manejarme en otros ámbitos y épocas. Comencé a ir a otros teatros, salas de conciertos, a la ópera, fui el fantasma de la ópera, por unos días, a otros cines, pero algo me angustiaba. No era más yo. Entonces me tracé un plan.

Únicamente empecé a frecuentar cines. En los que se ven las películas de superhéroes. Había pantallas de cadenas norteamericanas de cine, donde me costaba ingresar, pero me fui acostumbrando. Primero probé con ser la Mujer Maravilla, el bobo periodista Clark Kent, Superman, Kriptonita, Batman, Gatúbela prové el placer... y la velocidad de ser el Batimóvil, luego los villanos: El Pingüino, el Guasón, incluso fui Jack Nicholson, y me gané un Oscar, pero no podía dispersarme más. Debía buscar a Parker.

Pasó el tiempo.

Hasta que se dio. Estrenaron El Hombre Araña II, yo ya tenía 30 años y me transformé en pobre y comía moscas para practicar. Y me lo encontré. Me acerqué sigiloso, fui pantalla, edificio, bulevar, la novia, su cama, su tela de araña, lo estudié y acompañé en todas las hazañas; salía de su manga, la manga de su traje geométrico, musculoso, fui su impulso y al finalizar el film fui Él.

Nunca había experimentado el parar el tiempo, siempre mis transformaciones fueron rápidas, precoces, ansiosas, ese periodo, ese hiato, como una rebanada de aire, se congeló. Se paró y nos enfrentamos a los ojos como duelistas, no quise pensar en westerns, cowboys por temor a dispersarme, sin embargo se me ocurrió la comparación; aunque más que mirarlo cara a cara, observé hacia fuera, el aire o el vacío, parados sobre la pantalla blanca con su música de chisporroteo sobre los pies, los píxeles de la nada, comenzó el viento, o la lluvia, o la gente del Cine Jardín que corre con sus hijos como atados al cuello y se vuelan junto con los almohadones y como soy El Hombre Araña, busco a un niño con su hermanito tomado de la mano, con temor, pero no, se está moviendo, está volando, está surcando la ciudad día y  noche en busca de bellacos y bribones, para defenderla, para cuidarla de hampones que quieran convertir a los cines en templetes y a los teatros en playas de estacionamiento. Allí estás... apretando la mano a tu hermanito quien hace muecas de dolor y un poco que te empuja y te saca de este ensueño.

Soy yo, ya estoy de vuelta. Giro hacia mi hermano que me devuelve su mirada aturdido, mientras esperamos a papá que ya llega a buscarnos. “Volvamos. Aquí estoy. Otro día la ven completa. Miren cómo se largó...”

 

Soy la lluvia, el auto, los árboles, la velocidad, el pensamiento, el cine Jardín, Don Carlos, un escorpión, mi escuela, el intendente, un billete, mi padre, el arte y soy tan chiquitito como el mismísimo papel apretujado de un caramelo Sugus.

Ilustración: Alejandro Barbeito a partir de dibujo de Marvel Comics

 

 

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