Putas

Por Martha Piccat

∗ General Baldissera, Córdoba | Escritora

 

 

Antiyer cerró la casa de putas de mi pueblo.
Algunas cosa están cambiando.
Las mujeres decentes ya concilian el sueño.
Sus hijas, esos tiernos capullos concebidos
en legítimos lechos,
ya no verán ese ejemplo maldecido
de la falta de dios y de preceptos.
Esa casa
que encendía sus ventanas cuando acataba
el pueblo  la orden de dormir
como acontece con los mansos y los buenos,
ha subastado sus inmundos trastos.
Diez camas de pecar y diez percheros.
Jofaina, de lavar las herramientas.
Espejos, baúles y roperos.
Y las putas
Qué harán con ellas.
No quedarán dispersas por el pueblo.
Los niños las verán y no hay palabras
para nombrar a  esos seres venidos de infierno.
Pobrecitas
en serio, pobrecitas.
En nombre de moral, partieron.
La que extraña el doctor
partió hacia el sur
y hacia el norte
la que llora el estanciero.
La madama, resignada a puta vieja
hizo yunta con un pobre jornalero.
Barre el patio
guarda el lecho
y se gana el puchero
enroscada en la estola decalvada
del refriegue tanguero.
Y usted no va a creer lo que le digo.
Hay como un aire de santidad en todo el pueblo.
Con un doble repique de campanas
festeja el cura su castidad
salvada por un pelo.
Los hombres disimulan su nostalgia
de noches de molicie y cachondeo
ocultos tras los lentes y el sombrero.
Las mujeres despiden a sus maridos
en la puerta  con un beso.
Pobrecitas
en serio, pobrecitas
las que se fueron.
Y las que no se fueron.

 

Ilustración: Alejandro Barbeito

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