El alma bajo el asfalto
Por Alejandro Mareco
∗ Bell Ville, Provincia de Córdoba (1963) - Escritor y periodista |
¿Cuándo uno deja de ser extraño en una ciudad que no es la de uno? Acaso sucede cuando es
la ciudad la que se vuelve un poco extraña a uno.
Parece oscuro, pero es sencillo: uno llegó un día resuelto a encontrar más que un lugar, un
destino; pero para atrapar ese destino había que andar, tomar posesión de un territorio ajeno y
tal vez desconocido.
Entonces, con los sentidos jóvenes y bien abiertos, uno recorrió la General Paz-Vélez Sársfield,
de plaza a plaza; subió y bajó por la avenida Colón, de Alberdi al río; fue y vino por la Cañada,
de un lado al otro de las tipas, desembocó una y mil veces en la peatonal, después de
atravesar la rara intimidad urbana de las galerías, y se detuvo allí, en ese fantástico reino del
encuentro casual premeditado, a beber sobre las baldosas del sábado un poco del esquivo sol
de un otoño a la mañana.
Quería aprehender la ciudad, hurgar el asfalto hasta encontrarle el alma.
Uno se zambulló en las calles cada vez que la lluvia las dejaba solas, desnudas; y atravesó la
espesura de las sombras creyendo oír susurros en el silencio de las noches.
Y los pasos siguieron el rumbo cotidiano que los llevaban allí donde los faroles estaban
encendidos y las puertas abiertas.
La ciudad, mansa, abrió sus brazos y uno se entregó emocionado y eufórico al nuevo regazo.
Pasaron los años y uno siguió aquí, viendo con el mismo asombro el final de miles de tardes
con el sol agonizando contra las sierras.
De tanto ver, la vida se acumuló debajo de los ojos y la naturaleza que uno tiene encima, y que
es todo lo que tiene, estalló una y otra vez hasta florecer en un niño, un niño cordobés.
Hasta que un día se dio cuenta de que los pasos habían cambiado de ruta y que si quería
volver al viejo camino, las viejas puertas ya no estaban abiertas y que otros faroles brillaban en
otras partes.
Y no se reconoció bajo la luz artificial de los shoppings , en una tarde de domingo; ni en la
soledad de las noches del centro; ni en tantas cosas nuevas y tantas huellas desvanecidas.
La ciudad se volvió extraña y, cuando eso pasó, uno dejó de ser un extraño en ella. Es que el
desencuentro que traen los cambios revela que uno ya ha dejado hundir sus raíces en un tiempo y un lugar.
La ciudad, que ya nos concedió una vez el abrigo de su gesto más tibio, sigue su marcha
acelerada de portentosa urbe que no hace concesiones con sus hijos y que no se da vuelta a
mirar si siguen el ritmo de su paso.
Entonces, uno puede apurarse para tratar de no perder el paso o, si lo prefiere, puede
refugiarse en su pequeño rincón y asomarse una y mil veces a ver con derecho propio la
agonía del sol contra las sierras.
Docta, rebelde, monacal, conservadora, revolucionaria, provinciana, febril...
De Córdoba pueden decirse muchas cosas, pero acaso nada diga tanto de ella como su
condición maternal.
Lo sabemos todos nosotros, los miles y miles venidos de la provinciana argentina y del interior
cordobés, que llegamos aquí a buscar un destino en sus aulas universitarias, en las fábricas de
aquel esplendor industrial o simplemente buscar la vida en el misterio de sus barrios, en sus
calles.
Y esa vocación de amparar a hijos extraños quizá sea la esencia del alma que se esconde bajo el asfalto de esta Córdoba entrañable.
Selección literaria: Tito Acevedo
Imagen: Terraza de Córdoba de Ernesto Farina.
Colección Museo Emilio Caraffa
