Ni el dolor permanece

Por Tamara González

∗ Ciudad de México (1970) - Poeta y escritora |​

Diez años de matrimonio quizá sean demasiados. El problema es hablar con él, explicarle el absurdo de vivir sintiendo que se renuncia a todo. No lo entendería; desconoce la curiosidad, la nostalgia de probar otra boca, buscar el absoluto en un beso, vivir la insuficiencia de la carne, cargar el alma con el peso del cuerpo y preferir la impotencia, el abandono y la muerte, a la salvación, al otro.

En el espejo me miro pensar como si hablara con alguien más. En estos días presiento que he ido muy lejos. Otra vez anochece en mi cabeza. Las horas se repiten, se atropellan los años, catálogo de pérdidas. Tiempo, enfermedad y alivio del olvido. El dolor termina apenas empieza. Ni siquiera el dolor permanece.

También mi vecino está solo. Desde la ventana lo veo desayunar. Anoche alcancé a escuchar un blues de la Holiday; él bebió la mitad de su copa y se quedó dormido en el sillón. Quisiera acercarme quizás algún día, si consigo dejar de ser más que mi nombre.

Ayer conseguí los binoculares y la libreta. Escojo sus labios delgados, luego la curva de su nuca. Busco la conexión entre su piel y su espíritu. Me detengo en sus hombros. Cierro los ojos como puños, ellos me sostienen. La ventana se vuelve extraordinaria, la tarde participa de algo sin nombre.

Cae la noche. Me dejo invadir por la tentación; es delicioso saber que sigo aquí a punto de partir. Bebo un poco de agua, acomodo la almohada y la sábana como para conjurar al insomnio. Los ronquidos de Antonio, mi esposo, resuenan en mi cabeza: As good as it gets. Quisiera dejar de ser la de siempre, perderme entre las cosas...

Salgo de mi conciencia como de mi habitación. Voy hacia la ventana. Desde el sillón, mi vecino observa la pared con una intensidad desconcertante, empieza a escribir. Se le acaba el vino. Una botella, una explicación y el valor para tocar a su puerta. Minutos después estoy ahí. Pensé que podría hacerte falta, y le alcanzo la botella. ¿Vives en el “B”? Pasa. El único sillón de la sala, demasiado estrecho para ambos. Nuestras rodillas a punto de tocarse. Si cruzara las piernas para alejarme un poco, mi vestido se levantaría dejando ver parte de mis muslos. Entonces esa sonrisa, y su mano, de su cabello al respaldo del sillón, de ahí a mi hombro.

En la mesa, dos copas. Del otro lado dela ventana mi departamento adormecido por la luz del alba y, en el dormitorio, Antonio. Él, mi escudo; yo, el suyo: sufrimiento asistido. El vecino me vuelve a llenar la copa y lee un poema:

Es en los sueños
que mi alma se despierta
deseando ser.
Más muerta en la vigilia
Más viva en la inconsciencia

La penumbra aún cubre mi casa salvo por el foco encendido junto a la puerta. Entre las sombras y el abandono los muebles parecen esperarme. El vecino me abrazaría, yo cerraría los ojos en la oscuridad, conocería sus manos y su boca. También su nombre. Se llamaría Antonio.

 

Ilustración: Alejandro Barbeito

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