Cuento un cuento

Por Laura Devetach

∗ Reconquista. Provincia de Santa Fe (1936) - Escritora y poeta |

“Hace muchos años, cuando yo vivía en Reconquista, allá por el norte de Santa Fe, había llovido muchísimo.
Tanto había llovido que los caminos de tierra parecían flanes, gelatinas, cintas de sopa negra.
Nosotros teníamos que ir a otro pueblo y, como los colectivos se empantanaban en los flanes, las gelatinas y las sopas negras, había que viajar en tren. Aquellos trenes comían paladas de carbón, soltaban un humo negro que hacía bellos dibujos.

Empezaban las ruedas a traquetear sobre las vías
chu–cu–chúchu–cuchúchu–cuchúchucuchúcuchichúchucuchúchucuchú…
y un silbido largo acompañaba al humo que se desflecaba como una cabellera PFUIIiiii PFUiiii…
Primero era lindo, novedoso, vertiginoso. Pero después…
Venían largas paradas misteriosas. El tren se empacaba en medio del campo, como si obedeciera al capricho de algún Dios.
Las vacas de los campitos se cansaban de mirarnos y el guarda contestaba “¿Quién sabe?” a cualquier pregunta que se le hiciera.

Después de un montón de tiempo el frío era más frío y empezaba a faltar el agua y la comida. Y eso que siempre llevábamos una caja de zapatos con pollo, pan y manzanas. O milanesas y dulce de membrillo. Pero había que convidar y éramos muchas personas.
Los grandes comentaban sobre el estado de los caminos, la creciente del Paraná y si habría o no cosecha de algodón.
Después rezongaban, qué barbaridad, el gobierno.
Después se iban quedando callados.
Y a mí empezaba a darme sueño, tristeza y una rabia…
De pronto el tren caminaba de nuevo.
La gente se miraba sonriendo, acomodándose, menos mal.
Y yo escuchaba el lenguaje de las ruedas.
A veces decían:
Che–qué–chicache–qué–chicachequechicachequechicachequechi…
Otras veces decían:
Cinco pesospoca platacinco pesospoca platacincopesospocaplatacincopesospocapla…
Pero un día espantoso y embarradísimo las ruedas no dijeron nada a pesar de ir rodando, la lluvia entraba por las ventanillas y yo pensaba que nunca más iba a salir el sol.
Entonces, una viejita de pañoleta que venía con una canasta me dijo, como leyéndome el pensamiento:
—¿Sabés lo que dice el tren hoy? dice:
Tres–pre–gun–tastres–pre–gun–tastres–pre–gun–tas…
A ver, a ver, preguntemos tres preguntas de ésas que no se preguntan nunca.
Y yo:
—¿Los perros quieren decir que no, cuando mueven la cola?
Y ella:
—¿Quién habrá inventado el agujero del mate?
Y yo:
—Cuando los trenes silban, ¿quién les contesta?
Entre las dos hicimos más de tres preguntas.
Después escuchamos de nuevo las ruedas del tren, y decían:
Cuento un cuentocuentouncuentocuentoun…
También decían:
Mecontaron y te cuentomecontaronytecuentomecontarony…
Y ella me contó más de un cuento y yo le conté los cuentos que sabía.
Y salió el sol.
Por suerte conocí muchas viejas preguntonas, muchos trenes, hice viajes, y resultó lindo eso de escuchar y a veces callar, sólo callar para que las voces de algunas cosas llegaran.
Ahora, como mi vieja de pañoleta, cuando viajo, escucho qué cosas dicen las ruedas, la gente. Y si se da la ocasión cuentouncuento, cuentouncuento, cuentoun…”

Arte original: Roberto Cubillas - Ilustración portada: Alejandro Barbeito

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1 respuesta

  1. Mónica dice:

    Que hermoso encontrar tanto talento!!

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