Mi madre dobla kilómetros de piel
y cuando me levanto
los extiende hasta la puerta.
Tiene mi cordón umbilical,
con él teje ropa sobre mi cuerpo
y me arrastra devuelta a su vientre.
Me arranca los dientes
para que vuelva a ser un bebé.
Grito y solo me escucha su mano.
Dejo de arrancarme sus uñas
porque crecen en los rasguños.
Ella oculta mis lágrimas en un cajón
y guarda el ojo de la cerradura
en su garganta.
Regreso a la puerta,
la toco y espero a que alguien
me abra desde afuera.
Dejo que mi madre haga collares con mis dientes
para empezar a comérmela desde el cuello.
No heredé sus síntomas,
pero mi enfermedad
es un recuerdo de la suya.
Ilustración: Alejandro Barbeito