La poesía es un traje que me desnuda

Por Pecas Soriano

∗ Córdoba, Provincia de Córdoba - Escritor |

Se me escurre el año como una breve canción de mariposas fugaces y comienzo a escribirte estas torpes líneas. A vos, a vos, que ni siquiera mi instinto alcanza a descubrir si ya has pasado por mi vida. Si nos habremos rozado los codos.  Si no estarás entre mis muertos queridos. Aún no sé si te conozco, porque mi intuición tiene la debilidad de un niño dormido. Y esto que late, no es el corazón, es una palabra que me golpea la jaula. Y cada instante se me fuga, sin liberar ni una sola voz inteligente que pudiera nombrarte con la exactitud de una flecha. O sea  que lo que sigue será un susurro interminable, que intentará llegar a tu oído, persiguiendo segundos que se hayan perdido sin nombrarte, con voces inaudibles que se pierdan en el algún pozo del olvido.

Me gustaría sentarme con vos en las profundidades del hablar.  Que todo fuera un inteligente canto de nuestras vidas dolientes, de nuestros saberes acumulados por años. Bucear a Juarroz, Porchia, Pizarnik, Del Cabral, Aristóteles, Kant, y tantos otros. Pero tienes que ayudarme. No podría solo. Ya no puedo hablarme tanto como hace años. Necesito tu oído de tierra sabia, para hacer crecer mi adentro. No puedo solo. Nazco y renazco cada día (una manera extraña de seguir creciendo) y me siento un niño con todo por venir. Aprendí a gatear, caminar y cantar. También a balbucear palabras que querían lograr llegar a lo indecible. Ahora cuando te escribo presiento que ves el dibujo de mi mano en el aire. Quizás tenga más importancia eso, que lo enjaulado  en el papel. He intuido ciegamente que la poesía es un traje que me desnuda.  Quizás en algún instante nos crucemos. Te será fácil. Sólo  tendrás que cerrar los ojos y abrir la jaula.

Pero también podría estar en tu frente, en la superficie de la vida. Decirte palabras simples, como vaca, montaña, cuchillo o ventana. Despertarme una mañana y mirarte desde las profundidades de la inocencia. Apenas rozarte con mi dedo meñique desde tu hombro hasta tu mano. Ir y  volver como una carretera amable, hasta que tus pestañas balbuceen un murmullo. Besarte los piecitos, y llegar hasta tu oído, para decirte con un sonido de abejas: “quiero envejecer con vos”, frase que habrás oído miles de veces, pero nunca en ese tono y con esa intención. No lo sé. Para mí en esa frase cabe el mundo.

Sintonizar tu mirada, posarme un largo rato, hasta que amanezca de puro  terca la mañana.

Salir, mirar los algarrobos y rozar las crines de los caballos. Amo el olor de los caballos. Dejaría mi mano un largo rato hasta confundir su olor a mi piel. Amo en secreto sus miradas.

Tirarnos, por fin panzas arriba en un colchón de hojas de otoño, a mirar el cielo o la nada misma. Unirse en comunión, en un estado de gracia con el abrazo de la tierra. En ese instante también cabe el mundo.

¿Cómo traducirte si apenas sos esbozo? No puedo nombrarte con palabras. Simplemente te comparto este aliento de abejas, que intentan volar desorientadas.

 

Ilustración: Ciudadela abandonada de Semilla Bucciarelli

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