El choripán

Por Luis González Tamarit

∗ Tetuán, Marruecos (1946) - Escritor |

La ciudad de Alta Gracia, situada al pie de la Sierra, en la provincia de Córdoba, Argentina, cuenta con un museo singular. Está dedicado a la legendaria figura del médico Ernesto Guevara de la Serna, más conocido universalmente como el Che Guevara. Aunque Ernestito, o Teté, nació en Rosario y residió un tiempo en Buenos Aires, su mala salud, padecía de asma, aconsejó a la familia el traslado a un lugar más cálido y menos húmedo que la Capital Federal. Cuentan en Córdoba que fue el asma lo que llevó a los padres a mudarse a Alta Gracia., que goza de un clima envidiable en muchos aspectos. Allí pasaría los años de su infancia y su adolescencia, para trasladarse después a Córdoba y por último de vuelta a Buenos Aires, donde estudiaría medicina.

En la que fue casa familiar se ha organizado el museo, modesto pero interesante. Allí se han recogido testimonios, en buena parte gráficos, de su vida de niño y de joven. Además, han añadido algunas imágenes de su oficio de guerrillero y de su consagración como eximio representante mundial de la Revolución Cubana. Hay también algunos objetos recreados o imaginados, como la bicicleta que utilizó para su primer viaje por América y una copia de la mítica” Poderosa” una motocicleta Norton en la que realizaría su segundo largo viaje por América Latina con su amigo Alberto (“Diarios de Motocicleta”) o la recreación de su dormitorio y copias de sus primeras lecturas, obras del gran Julio Verne.

Cuentan los cordobeses que en Julio del 2006 se produjo un acontecimiento que turbaría la sosegada existencia de Alta Gracia y sacaría al modesto museo de su casi clandestina existencia y que tal vez incidió en la vida de América. Al menos, dicen los cordobeses, pudo haber sido así o incluso así fue, quién sabe.

El caso es que en el mes de julio de ese año se anunció la visita a Alta Gracia, para conocer el museo, de dos renombradas personalidades latinoamericanas. Se trataba del mismísimo Fidel Castro, antiguo compañero y jefe del Che y un nuevo seguidor, tan entusiasta como el que más: Hugo Chávez, Presidente de Venezuela y supremo ideólogo y dirigente de la Revolución Bolivariana.

Al conocer la noticia de la visita, dicen los cordobeses que la conmoción fue grande y todo se movilizó para recibir a las dos personalidades. Cuando estas llegaron, fueron recibidas por las autoridades y después del inevitable protocolo, la comitiva se dirigió a conocer el museo. Allí los gestores del mismo explicaron detalladamente los objetos expuestos y la relación que guardaban con la vida del Che. Fidel escuchaba atentamente y añadía, como suele ser habitual en él, detalles de su vida de lucha en común. Hugo Chávez, dicen los cordobeses, que se mostraba más expresivo, locuaz, casi eufórico al visitar aquel santa sanctórum de su admirado héroe.

Las autoridades locales tenían preparado, en el mismo museíto, un humilde ágape, a modo de agasajo a ambas personalidades. Nada ostentoso. Una representación de algunos de los manjares tradicionales que hubo de comer el Che y que aún hoy se siguen degustando. Dicen los cordobeses que entre ellos había, como es lógico, ese humilde bocado típico de la gastronomía argentina, “el choripán”. Para quién no conozca este producto, diré que se trata de un pan cocido con chorizo criollo dentro. El sabor resultante, después de hornearlo es gustoso, aunque un poco grasiento. En épocas pasadas formó parte de la dieta básica del trabajador argentino. Hoy está bajo toda sospecha por la acción de dietistas, endocrinos y médicos en general. Pero se sigue comiendo. Es muy parecido al “bollu preñau” de la cocina asturiana y al pão con choriço de la portuguesa.

Este modesto manjar, dicen los cordobeses, que estuvo a punto de cambiar la historia de América Latina, si no lo hizo ya. ¿Qué paso? Pues que al ver el choripán, el coronel Chávez, muy amante de los productos de la cocina en general y de la popular en particular, se abalanzó sobre uno y lo devoró en un santiamén. Dicen los cordobeses que aún con la boca llena le hizo un gesto a Fidel para que tomara uno. Fidel se lo agradeció, pero no se movió, ante lo cual se produjo la siguiente conversación:

— ¡Come uno Fidel! están exquisitos.
— Nooo Chávez, yo no puedo. Tengo algunos desarreglos de estómago y los médicos no me dejan comer todo.
— Pero Fidel, es un producto de la cocina popular.
— Te lo agradezco Chávez, pero no debo desobedecer lo que los médicos me han prescrito.
— Lo han preparado con espíritu revolucionario y no debes despreciarlo.

Dicen los cordobeses que, ante este argumento, Fidel observando ya que todas las miradas se volvían hacia él. no tuvo más remedio que tomar uno y darle un bocado para dejar el resto. Pero Chávez no era persona que se rindiera fácil, como es bien sabido, y agarrando a Fidel del brazo le dijo:

— Acábalo, Fidel, te agradecerán el gesto y lo recordarán siempre.

Lejos estaba Chávez de imaginar el carácter premonitorio de la última parte la frase.

En fin, Fidel tragó aquel manjar que para su delicado aparato digestivo era auténtica dinamita y sonrió saludando a los asistentes, que le mostraron signos de amistad, casi de complicidad. Chávez se dio por satisfecho de su triunfo, no imaginado lo que aquel acto forzado iba a producir en los próximos tiempos.

Cuentan los cordobeses que la visita terminó y ambos dignatarios se dirigieron al aeropuerto para reemprender el viaje a sus países. También cuentan los testigos que Fidel, cuando llegó al aeropuerto, no tenía buen aspecto. Incluso hay quien dice, ya se sabe como son los cordobeses, que su aspecto era deplorable. Como si el choripán hubiera empezado su callada labor de mecanismo de relojería explosivo en el estómago de una persona delicada.

Puede que no tenga nada que ver, pero los cordobeses insisten que pocos días después, viajando Fidel de Holguín a La Habana, sufrió en pleno vuelo y sin ningún médico a bordo, una terrible hemorragia estomacal que casi dio al traste con su vida y que consiguió, apartarlo, parece que para siempre, han pasado ya más de seis años, de la dirección de la Revolución Cubana.

Puede que esto que relato aquí, sea una historia exagerada de los cordobeses, pero dicen ellos que hay testigos presenciales de la verdad de este acontecimiento.

Villa Dolores, Córdoba. Diciembre 2012

 

Ilustración: Alejandro Barbeito

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