La casa de vidrio

Por Ricardo Irastorza

∗ Bell Ville, Provincia de Córdoba - Escritor |

Íbamos cuantas veces podíamos, pero desde que empezaron a alargarse los días, a la noche, después de la cena, cada uno se las ingeniaba para escapar de su casa e ir a la cita en el estanque.

Cuando nos poníamos de acuerdo en que los que faltaban ya no vendrían, arrancábamos en silencio hacia el monte. Pero casi siempre estábamos todos. Macadán marchaba primero, y atrás lo seguíamos los demás, en fila india, cediéndole ese derecho. Al fin y al cabo él hizo el descubrimiento. Cuando nos lo contó no le creímos y nadie quiso acompañarlo. Pero a los pocos días el Llama, afecto a las tramperas, llegó corriendo a contarnos que en una de sus recorridas, había pasado cerca de la casa un anochecer y se asombró hasta el punto que dejó escapar una calandria que acababa de atrapar. Y vino a nosotros con la noticia en el mismo momento en que Macadán nos decía que iría esa noche. Quien quiera acompañarme que venga al estanque, de ahí salimos –dijo. Y se fue, entre ofendido por nuestro descreimiento y orgulloso ante la inminencia de su triunfo. Todos acosamos al Llama. Parecía haberle quedado en el rostro la expresión de asombro, y muy pocas palabras. Cada vez que intentaba algo se interrumpía con un "no lo puedo creer".

Esa noche no faltó nadie a la cita en el estanque. El último en aparecer, cuando ya partíamos, fue Chiquito. Venía con un estuche negro, casi tan grande como él, bajo el brazo. La guitarra –dijo, agitado–, tuve que traer la guitarra, si no, no podía salir; le dije a mis viejos que había un ensayo en la casa del profesor de música. Escondimos la guitarra bajo unas ramas y partimos. Atravesamos las últimas casas sin cruzarnos con nadie. Macadán iba al medio, rodeado por el resto, dando instrucciones de qué hacer para que no nos vieran y recomendando silencio absoluto. Al llegar al sendero que va al monte, nos acomodó de a uno en fondo y dejó al Gori para que cuidara la retaguardia.

No había luna ni ninguna luz para orientarnos. Macadán había prohibido que lleváramos linternas ni fósforos. Noches después podríamos haber hecho el camino con los ojos vendados, pero esa vez nos movimos casi a tientas. Cada uno seguía la sombra del que iba adelante, y a la cabeza, Macadán, orientado simplemente por la ansiedad y el temor al fracaso.

Cuando entramos al monte todo se complicó. A poco de andar ya estábamos perdidos y hasta asustados. Chiquito y el Muñeco, los más chicos, empezaron con que querían volver. Para entonces íbamos tomados del cinto del de adelante. Macadán se detuvo, con lo que nos aplastamos uno contra otro, y dijo tajante: los que quieran volver se volverán solos, yo sigo. Y prosiguió la marcha. Después de mucho andar, o al menos eso nos pareció, Macadán musitó un paren casi inaudible. Se desprendió del grupo y tras un rato volvimos a escucharlo. Vengan por acá, dijo, y aparentemente salimos del sendero. Un ligero resplandor dibujaba el contorno de unos matorrales altos. Movió unas ramas, y con la voz entrecortada cuchicheó, simplemente, miren.

Juntamos nuestras cabezas para espiar por el mezquino agujero que había destapado Macadán, y nos quedamos en silencio, mirando esa extraña cosa.

Tiempo después, en rueda de confidencias, todos coincidimos en que si no hubiera sido por Chiquito habríamos pegado la vuelta, decepcionados por lo que en principio nos pareció algo así como un bar. Sólo vimos –sólo creímos ver– una casa con puros ventanales que mostraban una cocina, el comedor y algunas habitaciones. No había gente en ese momento. Cuando ya habíamos abandonado el mirador, hartos de ver nada, y Macadán encontraba puros reproches a su insistencia en que aguardáramos, Chiquito pegó un grito. Y ahí cambió todo. Cambió esa noche, el verano que nos esperaba y nuestras vidas.

Se encendió una luz en la planta alta y una rubia, que a todos nos pareció al menos hermosa, se quitó la blusa y el pantalón, y se detuvo ante un espejo, vestida apenas con una pequeña bombacha blanca. Luego juntó sus manos en la nuca y comenzó a mecerse, lentamente primero. Se escuchaba sólo la respiración fuerte del Gori. La rubia pasó a moverse, en algo que parecía un baile, mientras jugaba a que se sacaba y ponía la bombacha. Para entonces éramos todos estatuas. Cualquiera podría haber recordado la existencia de las víboras que no le hubiéramos prestado atención. Lo del Gori ya era un bufido. De pronto, como sobresaltada por un ruido, la rubia corrió hacia la lámpara que iluminaba la habitación y se apagó la luz y el espectáculo. Nos quedamos todos en silencio, con la boca seca y una nueva y extraña inquietud.

Después de un rato, que pudo ser de unos minutos o algunas horas, vimos la luz de una linterna que se aproximaba a la casa por el otro lado, por el camino que baja de la montaña. Se encendió la lámpara de la sala y vimos entrar a un hombre de unos sesenta años, de pelo y barba blanca, y tras él una mujer de cabellos muy claros, casi albina, tal vez algo más joven. Ambos vestían de manera muy extraña, a la usanza de otra época y lugar. Por supuesto que dimos por sentado que eran los padres de la rubia. La mujer subió una escalera y se encendió la luz donde había estado contoneándose la rubia. Cuando comprobó que dormía dio una vuelta por la habitación, como buscando algo o alguien, luego apagó la luz. Reapareció en otra habitación, la suya, adonde se quitó la ropa y sin desnudarse del todo se puso encima un enorme camisón. El padre, que había estado hojeando un libro, subió la escalera y también hizo una inspección en la pieza de la rubia. Pero fue más allá: levantó la frazada y espió en la cama de su hija, antes de salir. Mientras tanto, ninguno de nosotros pronunció palabras. Aquello era demasiado para una noche. Se iluminó luego el baño y vimos al hombre vestido con calzoncillos largos y camiseta de color amarillento. Orinó, tomó un vaso de agua y luego la casa quedó a oscuras.

Cuando Macadán anunció –casi que autorizó– que podíamos volver, a tientas armamos la fila india y en silencio comenzamos a salir del monte. Recién ante la vista de las primeras casas volvimos a hablar, pero nadie comentó lo sucedido.

Al día siguiente cada uno por su lado intentó informarse sobre quiénes eran los de esa casa, pero nadie sabía nada. Por alguna razón los mayores parecían considerar al monte como algo ajeno, y por eso ni siquiera averiguamos nada de la casa. Algunos nos cruzamos, cada uno en sus actividades, y sin palabras, con un gesto o una mirada, nos convocamos otra vez para la noche.

Volvimos a estar todos. Cierto es que esa noche era víspera de feriado y se nos daba más libertad para salir. No sólo la asistencia, la puntualidad fue perfecta. Arrancamos del estanque al menos una hora antes que la vez anterior. Hicimos el camino comentando lo que habíamos presenciado, los extraños personajes, la curiosa casa. La oscuridad era la misma, pero el interés nos hizo entrar al monte con el paso más firme y seguro. Eso sí: Macadán al frente, y en completo silencio. Con un sacudón nuestro guía nos sacó del sendero y por segunda vez quedamos ante la casa. El espectáculo ya había comenzado; en ese mismo momento la Rubia cerraba la ducha y se cubría con una toalla. El Gori inició su serie de bufidos. Los demás nos apretujamos para conseguir el mejor ángulo de visión. La Rubia hizo el juego de luces casi teatral que ya habíamos visto la noche anterior: apagó la del baño y tras unos instantes a oscuras encendió la de su habitación y se detuvo bajo la lámpara que colgaba del techo. Miraba exactamente hacia donde estábamos. Comenzó a cepillarse el pelo, lenta, monótonamente. De un lado y de otro. Con la mano libre tomaba un mechón y lo estiraba cuan largo era. Allí comprendimos que estaba contemplandose en el reflejo que seguramente se formaba en el vidrio. También comprobamos que no había espejos. La Rubia se aproximó más hacia su imagen, o hacia nosotros. Entonces dejó caer la toalla.

Nadie dijo nada. Cualquiera podría haber identificado la respiración de cada uno de los otros. O el olor a transpiración que pese a no hacer calor se percibía. Posó sus manos en los pechos, primero por arriba y luego por debajo, como midiéndolos, sopesándolos. Repitió la operación muchas veces, transformando aquello en un masaje voluptuoso. Movía sus manos en círculo, acompañando el movimiento con su cuerpo. Luego siguió el masaje con los antebrazos, que además desplazaba hacia su nuca, provocando que el pelo le cayera sobre el rostro, y de la misma manera volvía a acomodárselo. Después de un rato el juego de manos y antebrazos bajó hasta su vientre. En eso estaba cuando otra vez algo la inmovilizó. Se puso un tosco camisón que extrajo de entre las sábanas y apagó la luz.

Lo que siguió pareció una repetición de la noche anterior: la linterna que se aproximaba, el ingreso de los padres, la inspección de ambos...

Nos quedamos hasta que se apagó la última luz. Cuando regresamos esquivamos las calles y fuimos a sentarnos a la orilla del cementerio. El Grillo tenía un paquete de cigarrillos y había mucho para comentar. Todos nos pusimos a fumar, hasta Chiquito que nunca lo hacía y ni siquiera se ahogó. El Gori fue el primero en hablar. Se refirió a la Rubia, mezclando palabras dulces referidas a la belleza de ella y groserías que manifestaban su interés. A otros les alarmaba el siniestro aspecto de los adultos. Al Grillo le obsesionaba cómo nadie sabía nada de esa gente ni de la casa. Sólo Macadán comentó algo de lo curioso de la construcción. Pura ventana, dijo Chiquito. Y sin persianas ni cortinas, agregamos los demás. No –dijo Macadán, e hizo una pitada larga con su cigarrillo–. No es pura ventana. Es puro vidrio. ¿No han visto que podemos ver enteras la habitación de la Rubia, de los viejos, el comedor...?. El Llama pegó una palmada contra su pierna y agregó: ¡Claro que es todo vidrio! Si el baño que vimos hoy está atrás del dormitorio, y lo vimos entero.... O sea que los tabiques entre las habitaciones también son de vidrio, concluyó Chiquito. Empezamos a hablar de las ventajas y desventajas que podría tener esa casa transparente, pero el Muñeco anunció que venía alguien y optamos por dejar el lugar.

Pasamos el feriado procurando algún entretenimiento hasta que se hiciera la noche. A la hora de siempre estábamos todos. Salimos juntos sin que ninguno diera la orden de partida, y comenzamos a comentar nuestras impresiones, intrigas y fantasías aunque nadie nos hubiese interrogado. Tampoco hizo falta el chistido para que todos nos calláramos al entrar al monte. Ni siquiera fue necesario el sacudón de Macadán porque, como en una coreografía, aun en plena oscuridad, al llegar a la altura de nuestro apostadero todos nos salimos del sendero. Acomodamos nuestras cabezas en el hueco del arbusto. No se veía nada. Ni siquiera podía decirse que había allí una casa. Esperamos y esperamos. En vano. En algún momento nos paramos y acomodándonos de uno en fondo dejamos el lugar. Al salir de la zona de silencio, cada uno dio su impresión sobre qué podía haber pasado. Todos nos dijimos que debíamos controlar lo que pasaba en la casa de vidrio, pero juntos: las expediciones debían ser nocturnas y siempre en grupo. Nadie podía merodear por la casa solo y mucho menos de noche.

Durante un par de días no pudimos juntarnos, hasta que llegó el fin de semana y con él las noches tibias que nos dieron la excusa y ocasión desde entonces para nuestras escapadas nocturnas. A la hora de reunión fuimos apareciendo por el estanque como dispuestos a vivir una jornada especial. Algunos llevaron cigarrillos, otros chocolate o caramelos, que fuimos consumiendo apenas iniciada la marcha hacia el monte mientras expresábamos el convencimiento general de que veríamos algo nuevo. Al llegar a nuestro puesto de observación nos encontramos con que la luz de la cocina estaba encendida pero no se veía a nadie. Surgió entonces una vez más una idea en común. Había de por medio un descampado de una veintena de metros, cortado a pocos pasos de la casa por una cerca muy baja de ligustrinas. ¿Por qué no instalarse más cerca y tener más detalles? Las matas no alcanzaban a cubrirnos, pero teníamos la certeza de que quien está en una habitación iluminada no puede ver hacia la oscuridad.

Nos aplastamos en nuestro nuevo sitio y aguardamos, hasta que se encendió la luz y apareció la Rubia en su habitación, vestida con el camisón de dormir. De pie junto a la cama –nos separaban apenas unos tres metros–, se quedó estática, como nosotros. Si no hubiésemos estado convencidos de que no podía vernos habríamos corrido, pero nadie se movió. Vimos por primera vez su rostro. Nos pareció hermosa, pero durante varios días no logramos encontrar la palabra que definía su gesto. Indiferencia, eso era lo que transmitía. La indiferencia a la que lleva el agobio. De improviso salió de la habitación. Nos quedamos todos quietos, sabiendo que podía estar espiándonos desde algún lugar a oscuras de la casa. Sin embargo volvió inmediatamente con una silla que depositó exactamente debajo de la lámpara. Puso la almohada como si fuera una persona sentada y comenzó a caminar a su alrededor y hablarle. Allí nos permitimos unos brevísimos comentarios en voz baja, para volver a callarnos cuando vimos que la Rubia se detuvo frente a la silla. De espaldas a nosotros, con una mano tomó el borde del camisón y lo levantó más arriba de la cintura, como mostrándole el vientre, y con la otra comenzó a gesticular. No tenía nada debajo. Pero no fue eso lo que nos atrajo sino la firmeza de sus movimientos, como sermoneando a alguien, para el caso la almohada. Luego, tras un momento de inmovilidad, la alzó y apagó la luz.

A la media hora se inició la segunda parte de la función. Llegaron los padres, vestidos exactamente igual que en las otras oportunidades, y pasaron directamente a la habitación de la Rubia. La mujer espió debajo de la cama y los cajones de una cómoda. Él centró su interés en la silla, que levantó y miró debidamente, y luego corrió la manta e inspeccionó como si buscara algo escondido. Los rostros de ambos tenían también esa expresión de indiferencia, pero teñida de cierto desprecio. Cara agria, dijo después el Llama.

¿Por qué esos rostros?, nos preguntamos todos más tarde, a la orilla del cementerio. Allí, mientras consumíamos las golosinas y los cigarrillos que quedaban, acordamos en que esa gente no podría tener otro rostro. No quisimos ni imaginarnos cómo sería su vida: nos bastaba con observarla, como solíamos hacerlo con la colmena del padre del Grillo, que permitía estudiar la actividad de las abejas.

Seguimos yendo casi todas las noches siguientes, y con algunas variantes se repitieron las mismas cosas. La Rubia se quitaba más o menos ropa, bailaba o se ensañaba con la almohada; los viejos continuaban con el control e inspección. Pero casi siempre había algún detalle nuevo que le agregaba interés y que nos motivaba para hacer la caminata y esperar el tiempo que fuese necesario.

Con los primeros calores llegaron las lluvias. Una noche, justo cuando entrábamos al monte, oímos un trueno. Los árboles nos cubrían el cielo del lado donde debía verse la tormenta. Ahora no nos vamos a volver, fue el comentario unánime. Apuramos la marcha. Cuando llegamos al claro adonde estaba la casa comprendimos que la tormenta ya estaba casi encima nuestro. Pero también vimos que la Rubia estaba desnuda y había aplastado su cuerpo contra el vidrio que daba a nuestro apostadero y se refregaba, moviéndose para un lado y otro. No había pasión ni entusiasmo en su rostro; tampoco angustia. La indiferencia de siempre. Miraba exactamente hacia nosotros, pero estábamos seguros de nuestra invisibilidad. Todavía no nos habíamos acomodado, y así semiagachados o arrodillados nos sorprendió un resplandor enceguecedor y el simultáneo estallido del trueno. Es decir que la Rubia nos descubrió con nuestra mejor cara de miedo a pocos metros de su desnudez. No se cubrió ni hizo el menor ademán para disimularla. En cambio dibujó en su rostro una sonrisa triste, casi una mueca. Luego apagó la luz y se quedó junto al vidrio, viéndonos al destello de los relámpagos. Así estuvimos durante un rato, esperando que alguno diera la orden de regreso, hasta que vimos que Macadan se aproximaba a la casa, y tras quitarse toda la ropa comenzaba a refregar su cuerpo contra el vidrio. De inmediato la Rubia se acercó e inició un movimiento similar desde el otro lado. Era como una danza sin otra música que los truenos e iluminada por la tormenta. Macadán bufaba mientras parecía querer fundirse contra el vidrio, derretirlo para pegarse a la Rubia; ella aplastaba la blancura de su desnudez contra la pared transparente, y se desplazaba con movimientos lentos, como quien se despereza. Todos mirábamos sin decir una sola palabra. Los truenos arreciaban. En un momento, Macadán quedó a un costado, semicaido, sin retomar el movimiento. Un relámpago le iluminó la cara; tenía una mirada que nunca le habíamos visto. La Rubia también se había detenido, pero como en un gesto de espera. El Llama dio un salto, se desnudó y tomó el puesto vacante. Se reinició la danza, con más pasión que antes, y todos sentimos que el siguiente podía ser cualquiera de nosotros. Y así fue: también el Llama quedó como exhausto a un costado, y el Gori ocupó su lugar y así todos nos desnudamos y refregamos contra la figura de la Rubia.

Entretanto había comenzado a llover, y todos íbamos cayendo sobre el barro, entre la ropa dispersa, con los cuerpos desnudos y empapados. Pero nada nos importaba, porque aquella sensación era más fuerte que todo lo que habíamos vivido las noches anteriores. Tan posesionados estábamos que ni siquiera nos importó un rayo que cayó muy cerca nuestro. Tampoco nos acordamos de los padres de la Rubia. Cuando estaba el último, Chiquito, escuchamos un grito y la luz de la habitación se encendió y vimos cómo la Rubia era arrastrada de los pelos por su padre. Mientras tanto, la madre apuntaba con un dedo a Chiquito, que había quedado desnudo contra el vidrio, y cuando un relámpago iluminó la escena extendió su acusación a los demás.

Nuestra retirada fue una estampida. Cada uno alzó las ropas que tenía a mano, sin importar de quién eran y encaró hacia la espesura. Atravesamos el monte corriendo, guiados por los gritos del que iba más adelante, con la vergüenza de haber sido descubiertos y el pánico de perdernos y de los rayos que caían cercanos. Recién cuando salimos al camino, aunque llovía con más intensidad, pudimos vestirnos. Cuando nos tranquilizamos un poco, y después de inventar una excusa común para justificar nuestra ausencia con semejante tormenta, quedamos en encontrarnos la noche siguiente.

No hubo tal encuentro, ni más noches en el monte.

Primero fue la inundación, que dejó todo cubierto; luego, la prohibición de visitar esos pantanales; por último vino la Peste y se acabó todo.

Los que quedamos nunca pudimos volver al lugar. Cada vez que lo intentamos nos extraviamos o aparecíamos en el punto de partida. Parecía como si alguien hubiera cambiado los senderos. Tampoco nunca sentimos hablar de la Rubia ni de sus padres.

Ahora, que ha pasado tanto tiempo, a veces nos juntamos los que quedamos para recordar aquellas cosas. Alguno que nos escuchó hablar de la casa de vidrio se rió y nos dijo que nunca existió, que eso era una fantasía de viejos. Y cuando le contamos con detalles cómo era aquello nos dijo que fue sólo una edad, por eso nunca pudimos volver a ella. Entonces recordamos que una vez, saliendo del monte, alguno de nosotros se preguntó en voz alta si no estaríamos todos viviendo en una casa de vidrio. Pero no le hicimos caso. Lo nuestro era observar a la Rubia. Luego ya no hubo tiempo. Vino la Peste y se acabó todo.

Este cuento fue publicado en 2002, en el libro Los pecados interiores.

Ilustración: Alejandro Barbeito

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1 respuesta

  1. mirtha lucìa dice:

    Excelente. No soy lectora habitual de cuento pero éste me atrajo desde el comienzo y me mantuvo interesada. Escuché los «bufidos» y derivé entre luz y oscuridad.

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