Una mujer de ojos oscuros y piel de aceituna

Por Pepe Novo

∗ Deán Funes, Provincia de Córdoba - Escritor, compositor y periodista |

La llamé por teléfono desde Madrid, y cuando oí su voz, recuperé una emoción perdida. La luz cegadora del amor había vuelto y me envolvía con su túnica inmaculada, celestial, intraducible.
Mi cuerpo tembló como la primera vez cuando me rozó con sus labios carnosos y rosados, y su boca condescendiente y generosa disparó su lengua lasciva, indagadora y serpenteante como una niña inquieta que buscaba su lugar en el mundo.
Han pasado treinta años, pero el amor sigue intacto. Como la primera vez. Nunca se fue, porque el amor nunca se va. Acaso se quede agazapado, silencioso. Casi dormido. Pero el amor nunca se va. Y no calla nunca. El amor en silencio es una multitud vociferante, una fuerza desbocada en las calles de cualquier hombre. Callado pero latente. El amor es la resurrección del Dios que somos. Del Dios que está en todas las cosas. Porque esa es la idea de Dios que tengo. Sin falsas elucubraciones, ni razones teologales. Es un sentimiento animal que se prolonga en mi deseo, en mi tristeza, en las olas de un mar bravío, en el atardecer de mi infancia, en las manos de mi soledad, en las noches de sexo sin moral y vinos sin fronteras, en los cuerpos tocados sin prejuicios, en los gritos que dimos y que faltan en la quietud de esta vida, cada vez más parecida a un naufragio.
Era tan bella. Es tan bella. Como la noche en la que nos amamos a la luz y al calor de una chimenea ignorante de lo que estaba en juego.
Pasaron muchos años, pero siento lo mismo que hace trescientos sesenta meses. Aquel joven y este hombre son el mismo. El mismo deseo. El mismo amor que nos bendijo en la primera noche de promesas (me doy por vencido, nunca se cumplen) y eternas lealtades. Compañera del alma, amante inigualable. ¿Qué pasó que nos perdimos? ¿Por qué no fuimos capaces de acortar la distancia?
Me hice tantas veces las mismas preguntas que nunca pude reconocer las respuestas. Sólo sé que te amé como nunca, como a nadie. Y también sé que te amo como si no existieras. Porque al cabo de los años comprendí que no es para cualquiera la experiencia de amar a una mujer de ojos oscuros y piel de aceituna. Las mujeres de ojos oscuros y piel de aceituna son una ilusión psicodélica. Las mujeres de ojos oscuros y piel de aceituna son invisibles a la percepción, al menos, para hombres como yo.
Cuando los leños se apagaron aquella noche indescriptible, y el crepitar de nuestros cuerpos se convirtió en cenizas, sentí que había llegado la hora de la última inmolación.
Y me fui. Irresponsable y soberbio con mi corazón malherido. “No soy yo el que llora y sufre”, me justifiqué acorralado por la última muerte. Es el amor el que pierde en este paupérrimo cine sin héroes ni epopeyas, y padece este The End inesperado. Como el frágil amor sometido por la vida. Porque ya es hora de saber que uno mismo es el peor enemigo del amor. Y una mujer de ojos oscuros y piel de aceituna jamás perdona estas debilidades. Y no pienso discutir con nadie sobre este asunto.

El texto pertenece al libro de poesía PAPELES DEL CAFÉ GIJÓN,
de la Editorial Babel, Córdoba, República Argentina (2019).

Ilustración: La mujer del tapado. Carlos Alonso, 1975.

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4 Respuestas

  1. Lucía dice:

    Buenísimo relato de Pepe Novo!

  2. Alberto Godino dice:

    Excelente Pepe, ¡Felicitaciones!
    Un relato bello que no vale la pena discutir. Un abrazo.

  3. excelente!!! exquisito, me encanto, felicitaciones Pepe Novo.

  4. Eduardo Sueldo dice:

    No sé cómo llega este texto a mis manos, será por pura convergencia de las casualidades o de las ideas que deambulan por ahí. Y claro, me gustó mucho, te abrazo Pepe.

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